sábado, 8 de junio de 2013

1991: Diccionarios y natillas en Olocau

Nos conocíamos de las reuniones de la UJCE. Poco a poco nos habíamos ido dando cuenta de que perseguíamos cosas parecidas. Y creo que, lo más importante, desde una cierta modestia e ingenuidad. La JCPV nunca intentó dirigir ni imponer nada. Al menos en aquellas épocas. Una vez en una reunión en Campomanes había que ir a comer y les dije que vinieran a casa. Como yo tenía paella pescanova de esas de hacer en la olla, me di cuenta de que no era la mejor manera de hacer amigos valencianos, así que nos bajamos al Urumea (el bar de la esquina) y yo me hice la promesa de aprender a hacer paellas como Joan Fuster manda.
Me mandaron al País Valenciano a hacer algunas reuniones. Conocí mejor a Miquel entre muchas aguas de Valencia por el barrio del Carmen y Mónica y yo hicimos las paces tras nuestro rifirrafe en aquel congreso del 88. Me gustaban aquellas reuniones con gata incluida (Laika) en la sede de Guillem de Castro, no había petulancia y acabábamos cantando canciones de Llach mientras Angelina, agarrada a una escoba, mandaba bajar la voz. Luego, hospitalidad proletaria, me quedaba a dormir en la casa del "jefe" con su padre, su madre (la única jefa que había en aquella casa), Miquel y Pepito, un gorrión que vivía, libre, en aquella casa.

Así que, en la primavera del 91 (creo) me invitaron a pasar un fin de semana con la banda que era el núcleo de todo aquello. Sé que era en Olocau, en un chalet familiar de Miquel, pero no me acuerdo muy bien cómo llegamos hasta allí. El caso es que aparecimos la flor y la nata de la juve del País Valenciano: Angelina, Albert y su hermana Cristina (y un novio que tenía ésta), Miquel y Mónica, Lluis, un tal Dami que me iba a enseñar un sitio guapo en su pueblo para montar campamentos y yo. Del núcleo duro faltaban Paco Cruz, algún otro y Ximo Cádiz, aquel adolescente asexuado que por piel tenía el mapa de marte que fotografió el Pathfinder, en 3D.
Lluis decidió dormir en mi cama. No sé esperando qué. Había otra chica que se apuntó a dormir en la de al lado, tampoco se qué esperaba ver. La tarde transcurrió entre juegos y cenitas y, en la sobremesa, decidimos jugar al diccionario. Fue una partida histórica que aún no he conseguido superar. Albert intentaba conseguir definiciones perfectas; yo gilipolleces sonoras. Me acuerdo aún de palabras que salieron: "Lechosa" o "Empiema". Hasta qué hora estuvimos, ni me acuerdo. Que se acabaron los espirituosos, en especial la mistela, seguro. Hasta Angelina estaba relajada.
Aquella noche la vida política del País Valenciano hubiera podido cambiar. Si Camps hubiera estado allí, hubiera visto a Mónica hacer natillas, se habría levantado de madrugada a comer unas pocas y, al día siguiente, se hubiera llevado unos cuantos gritos bien pegados: ni se le hubiera ocurrido enfrentarse a ella en un parlamento, quince años más tarde. Pero, ahh, no estuvo allí y no supo enterarse de lo que podía ser capaz esa mujer cuando, aún sin peinar, descubre que alguien ha metido la cuchara en sus natillas. ¡Los demás sí que nos enteramos!. Bueno, Dami y yo habíamos salido temprano para ver aquel pueblo junto a Cofrentes y, cuando llegamos, el temporal había amainado.
Ellos habían ido muchas más veces. Para mí fue una experiencia, de colegas, que me quedó grabada en la parte blanda y cariñosa del corazón. Esa parte que, con el tiempo, hemos conocido en todos los demás del grupo, incluidos Ximo y Mónica.

viernes, 7 de junio de 2013

2003. La PIC vuelve a la carga.

La habíamos fundado 5 años antes, siguiendo a Huélamo, por entonces alcalde cuando, a finales del 98,  Izquierda Unida se hundía y desunía cada vez más. Fue durante un tiempo la versión cosladeña de la Nueva Izquierda. Pero tras las elecciones del 99, la mayoría de la gente que seguía a Cristina Almeida se integró en el PSOE y, en la agrupación socialista cosladeña, en aquellas épocas no teníamos ni sitio ni ganas ni elemento alguno en que coincidir.

Así que iniciamos una larga travesía del desierto en el que la peor parte, posiblemente, me la llevé yo. No es victimismo, pero es que me tragué tres años sin hacer nada sentado en un balconcillo de la cuarta planta del ayuntamiento. A aquello, ya mucha gente le llamaba mobing. Hoy, lo que me hicieron, viene claramente tipificado en la ley como acoso laboral. Aguanté tres años porque soy así y, en el fondo, aproveché para hacer muchas otras cosas productivas. Para mí, para Coslada e, incluso, para el propio Ayuntamiento. Hoy la instigadora directa de aquel mobing de larga duración se sienta en un parlamento y pastelea pactos con unos y con otros. Pero su conducta, no solamente conmigo, viene a corroborar que muchos de los mimbres de la actual Izquierda Unida son elementos profundamente reaccionarios que provocan, aún, una gran desconfianza en un electorado harto de gentuzas así.
En el 2003 el PSOE de Coslada hacía aguas. Y creímos necesario dar un nuevo impulso al proyecto. Relanzamos la PIC cara a presentarnos en 2004. Yo dejé la presidencia de Guirigay anunciando que volvía a presentarme a Concejal. E iniciamos una campaña mucho más pegada al terreno que la anterior. Yo, que vivo en un décimo, siempre me he fiado de los análisis sociológicos de mi ascensor.

En el último mitin antes de las elecciones ya se palpaba que la cosa iba hacia arriba. Hice un discurso vibrante, creo que uno de los mejores de mi vida y, por supuesto, de aquella campaña. “Me piden que diga en tres palabras cuáles son las necesidades de Coslada”…

Sacamos seis concejales. Yo era el sexto de la lista. 7 el PP, otros 6 el PSOE y 4 IU. Tras una negociación lamentable en la que el candidato del PSOE me intentó comprar (por cierto, con un cargo que no me hubieran podido dar: quince días más tarde saltó el escándalo del tamayazo y perdieron la Comunidad), llegamos a un acuerdo de legislatura con el PP que lo hicimos firmar ante notario.
El acuerdo incluía muchas cosas: metro, hospital, centros de salud, olimpiada… Yo por mi parte tensé la cuerda al máximo: exigía una Concejalía de Igualdad que se ocupase de los problemas y necesidades LGTB. Lo aceptaron. Y lo hicimos. Fue una buena legislatura en la que conseguimos muchas cosas para la ciudad. Pero en la que entregamos a los brazos del PP a un electorado importante que vio cómo la derecha sí se podía ocupar de temas sociales con éxito. Posiblemente porque no supimos identificarnos claramente como izquierda.

A las siguientes elecciones sacamos sólo un concejal. Y aunque pactamos con los partidos de izquierdas (gato escaldado), no es que no supimos identificarnos, es que no hicimos nada de relevancia. Pero sobre el hundimiento de la PIC ya escribí en su día en mi blog cosladeño.

Hoy sólo toca recordar que, en 2003, volvimos a juntar a mucha gente desperdigada de los movimientos sociales cosladeños y a acordar con nuestros electores un programa que logramos luego llevar a la práctica en más de un 90%. Aquello pudo tener muchos fallos, pero programa programa programa hubo. Y se cumplió

2012: La Muestra de Cine más Pequeña del Mundo

Todo empezó mucho antes. Cuando Néstor llegó, lo hizo con un montón de películas bajo el brazo. Bueno, en discos duros y cedés, pero ya me entendéis. Películas del que a mí siempre me gustaron; sin efectos especiales, con historias, en versión original. O como diría mi compa del curro, "cine intimista lituano subtitulado en armenio".
Néstor era un apasionado de "El Séptimo Vicio", el programa de cine en Radio 3. Y cuando llegó a Madrid, como El Séptimo convoca muchos pases y preestrenos, allí íbamos. Néstor y Úrsula rivalizando a ver cuál de los dos lograba entablar conversación con Tolentino, su director. Creo que Úrsula volvió a fumar sólo para poder ofrecerle algún cigarrillo a Javier en su estupenda pitillera de plata.
Un día, seleccionaron a Néstor para ir Radio Nacional a grabar un programa en el que iban a entrevistar a Julio Médem. Nervios, muchos nervios "¿qué le podía preguntar a Medem?". Lo llevé yo en coche hasta Prado del Rey. Julio Medem no vino y Javier Tolentino se inventó el programa (ya hemos visto luego que es costumbre en él). Cuando Néstor le dijo que yo estaba fuera, me invitó a que entrara yo también. "I think this is the beginning of a beautiful friendship", con Javier, con Olatz, con Jorge...
Fruto de esa amistad, Tolentino y su novia pasaron un puente de la constitución en Ascaso. Cuando Javier vio la colección de películas de Néstor y lo ordenada que la tenía, que se quedó maravillado. Hablamos de  lo que más tarde sería 400films, del programa, del cine, de los Pirineos. Y le contamos que nos gustaría hacer un pequeño festival en Ascaso. Nos ofreció todo su apoyo, el del programa y el de Radio 3 para intentarlo.
¿Cómo montarlo? Yo siempre dije que quería que fuera un festival pequeñito con películas pequeñitas. La muestra de cine más pequeña del mundo. Y mira tú por dónde, el subtítulo fue, además, un éxito de marketing. Optamos por hacerlo a finales de agosto, para que nos diera tiempo a organizarlo durante las vacaciones. Lo que un principio iba a ser en el jardín de Casa Juez, decidimos llevárnoslo a la era del norte, más amplia y accesible. Se la pedimos prestada a la familia Ceresuela y se la limpiamos toda. El Ayuntamiento, algo escéptico aún, se ofreció a colaborar. Anita Caos nos hizo un cartel bellísimo.
Teníamos claras algunas películas que queríamos. Con la ayuda de Javier fue fácil contactar con JoseMari Goenaga y con Luis Miñarro. Hablamos con Sandra Sánchez, que no podía venir pero nos mandó un vídeo cariñoso de saludo. Y abrimos la muestra con un documental que ya habíamos visto en Aineto; lo trajimos para ver si eso incorporaba a los vecinos al proyecto. No fue así, pero dio igual, mucha gente subió interesada y fue un éxito. A pesar el tormentón. Y es que a mitad de la primera proyección, empezaron rayos, truenos y el invierno. Menos mal que uno conoce el Pirineo y tenía claro desde el principio cuál sería nuestro merchadising: mantitas.
Hablaron de la Muestra en todos los medios de Aragón. Todo salió fluido: gracias sobre todo a los muchos voluntarios (amigos y amigas) que subieron a ayudarnos. Llegaron, además, gente que no conocíamos y a los que hoy sentimos como amigos. Volvimos a hacer la paella popular de San Julián, con más gente que nunca y ese toque valenciano que supieron darle Tesa, la Formi, Jose, Lidia y Yolanda. Subió la Ronda de Boltaña y bailamos hasta estenuarnos: Miñarro y Sebastián, Itziar Aizpuru y su hijo, Mikel y Edu, Jorge y Fran, Reyes y Nuria, Dori y la Gotarrendura Troupe. Roberto aguantó como un campeón viéndose todas las pelis y yendo a los debates. Cuando volvió a Madrid, sus fotos con Álvaro Cervantes eran la envidia de media Resi.
Acabamos agotados. Pero muy contentos. Con un enorme vacío por no haber podido compartir aún más días, más noches, más pelis y más charlas con tanta gente buena que vino a visitarnos. Edu Hurtado publicó en internet que, tras Ascaso, "había recuperado la confianza en la humanidad"; lo leímos emocionados. Un vacío que sólo hemos podido superar poniéndonos a preparar la segunda edición de la Muestra al día siguiente de acabar la primera. Pensando en películas, en fechas, en carteles. Recogiendo dinero para restaurar la borda junto a la era (y restaurándola). Y esperando ansiosos que vuelva el verano para comenzar de nuevo. Lector, si faltaste a la primera, recuerda que este año las estrellas de Ascaso te esperan entre el 27 y el 31 de agosto. En la Muestra de Cine más Pequeña del Mundo.


jueves, 6 de junio de 2013

1991: Despega TIEMPOS LIBRES.

Lo único bueno que tuvo mi visita la URSS fue que me aclaró todo lo que yo no quería ser y lo que yo no quería hacer. Cuando llegué a Artek, a aquel campamento de pioneros, la idea era crear federaciones sectoriales en la UJCE. Yo me encargaría de la de tiempo libre. Pero en Crimea conocí a gente de movimientos diversos, fundamentalmente a los del ARCI Ragazzi italianos. Estaba claro que aquel sí era el modelo.

A la vuelta a España planteé hacer una organización autónoma, con estatutos y personalidad jurídica propia, que pusiera formar parte de las Juventudes de manera similar a Estudiantes Progresistas. Fui a Italia, a Orvieto, a conocer de cerca qué hacían y cómo se organizaban los ARCI. Me gustó su gente, su frescura, su independencia del PCI, sus actividades. Poco a poco, entre Madrid y la casa de la Cierva (en Santa Cruz), fuimos reuniendo gente que se formaba como monitores y que contribuía a completar el proyecto.
Nos gustaban los plurales, por eso nos gustó “Tiempos Libres”. Recortando letras de “El País Semanal” (entonces no había ordenadores de diseño gráfico y le letraset era carísimo) compuse las palabras y rellené de los colores básicos las tripas de de la P la B y la R. Sé que era un poco copia del logo de Banesto, pero quedaba guay. El Pepito (el muñeco con la bola del mundo, lo saqué de algún comic que me había traído de Rusia.
En 1989 tuvimos nuestro primer campamento. En la escuela hogar de Belmonte de Miranda. Allí apareció Dolores, aquella mujer fantástica que tan buenas comidas nos cocinó. Había gente de Málaga que había montado campamentos con CC.OO. Al año siguiente, cuando todo parecía correcto, estando en un campamento en El Escorial, ocurrió lo peor: el desfalco. Aprovechando la buena relación entre ambas organizaciones, alguien de la UJCE decidió sacar todo el dinero de Tiempos Libres, dejándonos sin nada. Era mucho, mucho dinero de pequeñas subvenciones pero, sobre todo, de las cuotas que habían puesto los chavales: 400.000 pesetas; mucho para una asociación juvenil de aquella época. Me deprimí bastante y decidí dejarlo todo. Pero la gente que me apoyaba (valencianos, canarios y mis chicos de Madrid) decidieron que tirábamos para adelante. Eso sí, solos. Arrieritos éramos y ya nos encontraríamos algún día en el camino.

Convocamos un congreso, ya como entidad independiente, a finales del 90 en el albergue de la Casa de Campo. El segundo (supuestamente el primero había sido la fundación). Debatimos unos textos, hablamos de lo divino y de lo humano y nos conocimos. El cartel tuvo un éxito grade: puro plagio que –menos mal- no descubrió la fundación Miró. Nos fuimos al local de la COACUM, en Chueca y empezamos nuestra buena relación con catalanes y franceses.
El 91 fue el despliegue definitivo de aquella aventura. Tenía que salir, por narices y salió. Tuvimos una buena oferta de campamentos. Alberto se quedó como responsable internacional y nos fuimos en mi Patrol a París a hablar con los FRANCAS. No teníamos dinero ni para gasolina, así que la tomábamos “prestada”; y alguna comida también. Todo fuera por la educación de la infancia española.

Hicimos intercambios. No sólo con rusos, también con cubanos, húngaros, italianos y franceses. Y campamentos cutrecillos pero molones (Peñota, Alcossebre…) Algunos padres pijos nos pidieron una granja escuela, así que en el 92 la hicimos. Nos costó un pastón y, como se habían ido todos a la expo, perdimos un dineral. Otro batacazo económico más. Ese fue el gran problema de Tiempos Libres, la permanente deuda.
Pero a grandes problemas, grandes soluciones. Necesitábamos formar más monitores con los niños que nos crecían. Montamos un curso itinerante (Ciudad Escolar-Peñalara-Manilva) con una subvención europea a cambio de formar también monitores búlgaros. Aquellos, en vez de mandarnos a los monitores, vendieron el viaje y nos llegaron un montón de snobs con el morro arrugado. Pero eso dio cohesión al grupo. Con la subvención de aquel programa “Tempus” volvimos a remontar el vuelo y poder contratar un coordinador. Como éramos progres, decidimos que fuera un contrato fijo; Andrés lo dejó a medias y perdimos la subvención. Y su sustituto nos robó hasta el alma.

Poco a poco la gente de Canarias y de Valencia se fue descolgando. Pero en Madrid, resistimos y nos ampliamos. Tras Manilva, aquella escuela en plena playa, abrimos Candás, de lo que ya he hablado. Hasta 1996 tuvimos una oferta importante de campamentos. Asambleas de renombre, como la de San Sebastián de los Reyes. La Olimpiada no competitiva. Las rutas transcantábricas. Los viajes en el "Abe" a Francia. La paella con albóndigas. Los clubes infantiles. La encerrona aquella en Velingrado. Los findes en Las Tórtolas. La noche romana diurmiendo en el Ara Pacis... Tantas cosas…
Para los que les gustan las cifras, incluidos los de Canarias y Valencia hicimos casi 70 campamentos quincenales de verano, en instalaciones de lo más diversos y en nuestros dos "albergues" (Manilva y Candás). Teníamos en los mejores momentos, cinco clubes infantiles funcionando todos los sábados. Por la Olimpiada No Competitiva de 2003, pasaron casi 2000 niños en sus diversos emplazamientos. Llegamos a tener 300 chavales socios. En el momento de mayor actividad, unos 40 monitores. Hicimos tres cursos de monitores y uno de coordinadores, para nuestra gente. Y cada año se hacían asambleas, no sólo de monitores sino también de padres. Creamos un estilo de trabajo propio, absolutamente igualitario y coeducador. Cuando la gente pregunta por qué tantos chavales de TT.LL. salieron gays, que no se preocupen, no se contagiaron; simplemente se quedaban en un espacio donde se respetaba una orientación que empezaban a descubrir en su adolescencia. Teníamos garantizada una salida de fin de semana al mes para todos los chavales por precios irrisorios (eso sí, había que pagar la cuota de socios), y siempre había espacio para niños que nos remitían los servicios sociales. E hicimos, en colaboración con ayuntamientos, un montón de campañas de juegos cooperativos, de salud infantil o de prevención de la violencia en la escuela. Éramos miembros de la Federación Internacional de Intercambios educativos de niños y adolescentes (F.I.E.E.A.), donde éramos reconocidos y respetados y, en muchas ocasiones, nos llamaron a hablar y participar en encuentros internacionales.
En el 96 yo estaba agotado. Me había venido a vivir a Coslada y para mí era un esfuerzo grande ir todos los días a Madrid. Había que renovar pero no lo hicimos (o lo hice) bien. Muchos de nuestros “niños” habían crecido demasiado y ya tenían proyectos profesionales lejos de TT.LL. y los que accedieron a la dirección no tuvieron un criterio demasiado sólido y les faltaba capacidad de trabajo en grupo. A pesar de los buenos documentos que aprobamos enmarcando el camino, las divergencias del nuevo equipo les hicieron naufragar. Para colmo, se había dejado de justificar una subvención y la Comunidad de Madrid nos la reclamó. Saqué dinero de donde pude y les pedí que, o se entendían o cerrábamos aquello. Lo cerramos.
Puede ser que mi excesivo liderazgo fuera un lastre demasiado pesado. Pero que también, la inmensa mayoría de la gente que se acercó, lo hizo para sacar dinero y no para construir movimiento social. El grupo de gente que creció en la organización (Susana, Cristina, Vero, Iván, Patty, Javi, el Flanes, Daniji, los Alex, los Pérez, los Benítez, tantos que me olvidaré) lo hicieron fenomenal. Pero no podíamos dar más.
¿Se entiende ya por qué mi obsesión en garantizar unas finanzas transparentes y boyantes a todo lo que creo en el mundo asociativo desde entonces?

Lo que sí que sé es que di de mí todo lo que pude. Hicimos algo muy muy grande. Contra viento y marea. Y hoy, cuando veo a mis "niños" crecidos; cuando les oigo como el otro día a Diego, en el entierro de su padre; cuando veo a Javi en el CERN de Ginebra, a Patty y Vero continuando en la educación o a Yuyu, en cuando quedamos en las bicis críticas, me emociono un poco porque creo que hay mucho de mí en todos ellos.

miércoles, 5 de junio de 2013

2004: Se fue Julita

2004 no fue un buen año. Me cuesta recordar momentos alegres. Empezó mal, con frío, en una ciudad que, con el tiempo, se me ha declarado hostil: Palma de Mallorca. Mi relación iba mal y, sobre todo, mi madre había empeorado y estuvo ingresada varias semanas. En marzo, las clases humildes de la periferia madrileña sentimos el zarpazo de la guerra en que nos habían metido.
Aunque se enteró de los atentados de los trenes, ya se le iba mucho la cabeza. Le dieron el alta en el hospital y volvió a casa; pero tenía el corazoncito ya cansado y un principio de alzheimer. Recuerdo algunos momentos en el hospital en que le daba el yogur con una cucharilla y me dijo "qué bien me das de comer". Y aquella mirada de agradecimiento cuando la limpiaba y la volvíamos a acostar. Eso sí, eran noches terribles, siempre queriéndose marchar de nuevo a su casa, quitándose las vendas y las vías.
Siempre había sido pájaro libre. Creo que -aunque el palabro no eran común en aquellos tiempos- heredé de ella una cierta claustrofobia. No le gustaba estar en espacios cerrados y, mucho menos, estar atada (física o mentalmente). Cuando pusieron obligatorios los cinturones de seguridad, decidió viajar en el asiento trasero, no soportaba "el cincho". A ella lo que le gustaba era volar y ver las cosas desde el cielo; como los aviones eran caros y vivíamos en la sierra, imagino que por eso le gustaban tanto los telesillas.
Mantuvo con mi padre una relación de combate permanente por una cierta igualdad. La verdad, es que visto ahora, resulta chocante que una mujer casada, en los años '60 y '70 era la que tenía a su nombre la casa, el teléfono, la luz, etc. La casa no era nuestra, era el bloque de los maestros y como se la habían cedido a ella, todo estaba a su nombre. Así que la gente buscaba "Cordero" en la guía telefónica y no aparecía. Que nos buscaran por "Prieto". No sé cómo, sin separación de bienes, logró tener ella siempre una cuenta corriente suya, donde cobraba su sueldo y hacía y deshacía a su antojo.
Su vida fue siempre la de una gemela. Ella y su hermana Victoria eran iguales en todo. Sólo que tres hijos habían limado las aristas de mi madre mientras que mi tía fue siempre libre, soltera y algo más arisca. Mi madre supo cultivar buenas amistades pero, sobre todo, tuvo siempre a su hermana. Cuando las conferencias telefónicas eran un lujo, se enviaban cartas semanales. Más tarde, el teléfono y, sobre todo tras la jubilación, la facilidad para viajar las mantenía unidas. Ya mayor, un día mi tía se cayó en Zamora; se rompió el húmero derecho. Mi madre nada más saberlo cogió el autorrés y se fue a ayudarla. Ese mismo día se cayó ella y se rompió el húmero izquierdo. Allí estaban las dos, en la casa de la Ronda con cada brazo escayolado. Una cogía el pollo con la mano derecha y la otra lo cortaba con la izquierda.
Siempre dijo que cuando fuera mayor quería ir a una residencia. Luego resulta que no era tan verdad, que necesitaba sentirse tan libre que no le gustaba nada aquello. Cada rato se ponía las zapatillas y se iba al autobús para irse. A las 3 de la mañana o a las 3 de la tarde. Aquel día de abril yo estaba en Ascaso y decidió que cogía otro "autobús". Y se nos fue, calladita.

Y aunque la vida es así y había disfrutado de muchas cosas en sus 84 años, nos dejó un vacío grande grande. Dos meses más tarde también me dejó mi compañero de entonces, pero no para irse al cielo. Sino para demostrar que, en el mundo, aparte de buenas madres también hay gente mezquina que te abandona justo cuando más apoyo necesitas.

Pero la memoria es también un arma de justicia y a quien recuerdo y añoro con todo el cariño, como no, es a mi mamá, a mi Julita.

martes, 4 de junio de 2013

1986: La casa de Ópera

Yo crecí en un pueblo que alquilaba sus casas a los veraneantes: Villalba. Pero eso, cuando ví unos trapos cuadrados blancos colgados de aquellos balcones de la Plaza de Isabel II, supe rápidamente que aquel piso se arrendaba. Si hubieran puesto el cartel de “se alquila”, me lo hubieran quitado de las manos. Pero todo en aquella finca era así: anticuado, incluyendo su dueño y su portero. Subí a verlo y me quedé maravillado. Era una antigua oficina, sin baño y sin cocina, dividida por unas mamparas viejísimas y con tres balcones sobre la plaza. Palmo más, palmo menos, unos 150 metros cuadrados, en pleno centro de Madrid. Lo reservé al momento.
Había que hacer obra, pero no mucha. Negocié con el abogado del dueño, que parecía salido de alguna película del XIX e hicimos un contrato por diez años que incluía un precio bajo en atención a la obra que había que hacer y que, además, no subiría los primeros 2 años. Y nos pusimos manos a la obra. A tirar algunos tabiques y a desmontar aquella mampara acristalada. La obra propiamente dicha me la hizo Juan Egido, un albañil pecero de San Fernando que nos había presentado Marisa. Los materiales, los sacamos de los sitios más diferentes: algunos azulejos que “me encontré” en una obra de Tres Cantos; un wáter y un lavabo que me dio un amigo que estaba remodelando; una bañera que le compramos a los gitanos; unas baldosas que compramos en un trapero a precio de saldo y transportamos en brazos en la línea 2 del metro...
Para pagarlo, el hermano de Gloria pidió un préstamo de 150.000 pesetas que yo le pagaba religiosamente cada mes. Los albañiles salieron baratos, eran de confianza. Tanto que, cuando la mujer de Juan lo dejó, él me contaba sus cuitas llorando mientras colocaba la escayola del techo. Lloró mucho, tal vez por eso se me cayó esa zona encima años después. La casa quedó chula: Un baño y una cocina grandes y luminosos, un cuarto de estudio a la entrada, dos habitaciones al fondo, un dormitorio para mí -impresionante- y un salón de 30 metros cuadrados. Era un cuarto sin ascensor, pero éramos jóvenes y aquella vieja escalera de madera molaba.
No debimos tardar en montar la primera fiesta... En aquel salón cabía tanta gente... Como no había portero automático, tirábamos la llave por un balcón cada vez que alguien pegaba el grito de rigor. Hubo fiestas de cumple, de navidad, de disfraces. Las mejores, por supuesto, las tradicionales cenas y fiestas de San Bernabé. Cadenetas, diapositivas, luces negras, buena música. 

Hubo muchas tardes de música, de charletas hasta el amanecer. Por la casa pasaron no sólo muchos amigos sino, además, algunos inquilinos que, también, acabaron siendo amigos. Al principio Gloria, Yolanda; luego mi primo Diego, José. Más tarde, Deron, Iván y Spiros. Creo que todos se sintieron a gusto. Y como estrellas invitadas, Julito (el segundo) y Rigodón, los mininos del lugar.
La casa estaba al lado de la calle Campomanes, así que se fue convirtiendo en un lugar de acomodo de gente que venía a las reuniones. Hacía las funciones de restaurante barato o de dormidero de siestas tras las comidas en el bar de abajo, el Urumea. Con la expansión de Tiempos Libres, se convirtió en una especie de cruce de caminos donde llegaba gente de Valencia que iba a un campamento en Andalucía y se cruzaba con otros de Canarias que iban a Asturias o algún francés invitado. Fue un hervidero de “corderistas”.
Cuando la guerra de Irak, los artistas y los intelectuales se reunían en la plaza. Así que engalanamos bien los balcones con unas pancartas. Y desde allí vimos los encierros en el antiguo conservatorio, las obras del Teatro Real, o allí sacamos todos los bafles con el volumen del tocata a tope para que se oyera en toda la plaza el himno de Riego la noche en que los reyes vinieron a un estreno al Real Cinema.
Al acercarse los diez años, el viejo marqués (que así se hacía llamar el dueño), vendió el edificio. El o no podía o no quería mantenerlo. Lo compró una inmobiliaria y empezó la pelea. Obras sin sentido, problemas en la luz e, incluso, me pusieron un detective para ver si tenía la casa subarrendada. Ese era el pacto que yo tenía con todos los huéspedes: que si llegábamos a este punto, dijeran que éramos pareja. Así que cuando Spiros se tuvo que presentar en el juzgado a decir que teníamos una relación "solidaria y afectiva", los de la inmobiliaria decidieron negociar.
Al final, llegamos a un acuerdo. Casi se puede decir que les vendía la casa; yo que no era el dueño... Busqué cosas parecidas por la zona pero no había a precios asequibles. Y me encontré una buena casa, en Coslada, a escasos metros de mi trabajo. Y aquí estamos, bien. Pero siempre recordando aquellos maravillosos años en Ópera 5.

lunes, 3 de junio de 2013

1971: Empezó la egebé

En 1971 yo iba a clase con don Feliciano. A las aulas bajas del grupo escolar que eran idénticas a las de la escuela de mi madre. Era una clase con pupitres en la que debíamos de caber 40 o más. Para seguir la tradición, a mear íbamos a la tapia que separaba el grupo escolar del colegio de las monjas. Era divertido. Hasta que te llegaba un retortijón y lo que necesitabas era “hacer de vientre”; a ver en qué lado de la tapia te ponías... Así que una mañana aguantando aguantando, me cagué encima. Y, por mala suerte, estábamos tres en el pupitre, José María Carretero, José Miguel Aguado y yo. Qué vergüenza...
Lo de cagarse encima no lo había previsto Villar Palasí en su flamante Ley General de Educación y Financiamiento de la Reforma Educativa. Lo sé, porque si no, le hubiera puesto unas iniciales del tipo FP, BUP o EGB; las letrajas que marcaron nuestra infancia. Así que, de la noche a la mañana, dejamos de estudiar Primaria y empezamos la egebé. Yo por segundo, que era lo que me tocaba. Nos tocó comprar libros nuevos. Todos de Editorial Santillana (este es el momento en que el señor Polanco empezó a forrarse). El caso es que eran aburridas y serias. Mucho mejor la antigua enciclopedia Álvarez con sus dibujitos y sus mapas de colores.
Había libros convencionales que se tenían que dejar en clase y luego libros de fichas. Durante unas semanas, don Feliciano dejó de explicar porque ahora, lo moderno era que nosotros nos buscáramos la vida en los libros y si necesitábamos ayuda, le preguntáramos. Al mes o así, visto el batiburrillo que montábamos alrededor de su mesa y la de veces que borrábamos y reescribíamos las fichas, decidió volver a la pizarra y al método antiguo. Supuestamente teníamos que rellenar las fichas en grupo, pero montábamos un jaleo de aupa y entonces, el maestro agarraba la regla aquella de madera y la hacía sobrevolar por encima de una o de varias cabezas.
Una vez que acababas las ficha, si te dabas prisa, te daba tiempo a hablar de otras cosas aprovechando que los lentos todavía iban por los frutos carnosos, jugosos y secos. A mí se me había caído un diente y estaba como loco esperando al ratoncito Pérez. El listo de Carretero me dijo que "cómo era yo tan crío y me creía eso, que el ratoncito Pérez eran los padres". Y yo le dije que, "por supuesto que lo sabía y hace tiempo". Y el dijo “pues como los Reyes” y yo dije que tururú, que yo era suficientemente moderno para aceptar que el ratón no existía, pero lo de los Reyes, por encima de mi cadáver. Vaya, pues también eran los padres...
Con la egebé se explicaban cosas nuevas. Por ejemplo, los conjuntos. A mí me molaban, pero creo que a don Feliciano, no mucho. En cambio, la-virgen-maría-es-una-señora-llena-de-gracia-y-virtudes-concebida-sin-pecado-que-está-en-el-cielo-en-cuerpo-y-alma, no cambió un ápice. En música, aprendimos cosas nuevas: “el montañas nevadas” que era jovial y campechano (“Montañas nevadas, banderas al viento, el alma tranquila, dios ha de vencer. La mirada, clara y lejos, y la frente levantada...”. El “Prietas las filas” lo tanteamos, pero eso es más de don Carlos.
De vez en cuando, leíamos un libro de lectura, de los modernos, que molaba. Se llamaba “Nacho” y eran aventuras de un chaval normalito que hacía cosas interesantes. Me acuerdo de una en la que montaba un paracaídas para el gato con una cesta y un paraguas. A veces, salíamos al patio a hacer gimnasia y, por aquella época hubo un eclipse de sol que lo vimos con cristales de cerveza. En los recreos, jugábamos al guá, a los indios (tirabas desde lejos con una canica y si le dabas te lo quedabas), a las tangas (que no eran bragas escasas, sino discos de metal)  y al churro-mediamanga-mangotero
Pero si había algo que en 1971 era la pera, era Gallinópolis. No hay manera de encontrar fotos de aquello. Pero existió. Era una zona enorme entre Villalba y los Negrales dividida en parcelitas que los más ahorradores se habían comprado. La gente tenía en cada parcela un gallinero (blancos y todos iguales) con el letrero de GALLINÓPOLIS en el tejado, para que se viera bien desde los aviones. La gestión de los huevos era común, la llevaba una empresa que tenía ese nombre. Don Feliciano y don Carlos tenían una parcelita a medias y allí nos llevaban de excursión las tardes de mayo cuando la primavera no nos dejaba quietos en el pupitre. Duró poco Gallinópolis. Llegó una inmobiliaria, les ofreció un pastón por cada parcelita y donde había pollos empezaron a aparecer veraneantes. Ahora se llama “Urbanización Entresierras”.

En cambio, la EGB duró mucho. Y con el paso del tiempo, muchos profesionales de la enseñanza reconocen que, aquella reforma, no estuvo mal. Frente a ustedes tienen uno de sus productos...