lunes, 20 de mayo de 2013

2010: Mahmoud, un saharaui en nuestra vida.

Hoy, 20 de mayo se cumplen 40 años del nacimiento del Frente Polisario. Creo recordar algún cartel saharaui en mi habitación de casa de mis padres. Pero sobre todo recuerdo cuando, en el Festival de la Juventud del Mediterráneo de Argelia, en 1986, compartimos muchas veladas con gente saharaui de nuestra edad. Era raro y chocante tener una forma de vida tan diferente en aquel momento y, sin embargo, compartir tantas cosas de la infancia: los mismos programas de tele, las mismas canciones, los mismos libros escolares. Desde entonces, me sentí especialmente involucrado con la causa de los saharauis por una sencilla razón: España y quienes la constituimos (españoles y españolas) somos responsables de aquello. No culpables, pero sí responsables. 
No voy a extenderme en qué es el conflicto del Sahara, ni cómo los vendimos por un plato de fosfatos, ni cómo están en estos momentos; tanto los que sobreviven en los campos de refugiados como los que padecen la ocupación. De eso es fácil saber, busca en cualquier web. 
Pero ese sentimiento de responsabilidad me ha hecho seguir siendo miembro de un colectivo prosaharaui (pese a sus carencias y a sus dogmatismos), llevar la web de su federación (www.madridconelsahara.org), estar en muchas de sus movilizaciones o, como en 2009, acoger a un niño saharaui en vacaciones. 

Como nuestra familia es “especial” para ellos, nos otorgaron a un peque que ya conocía España y que parecía más ducho en tratar con nosotros. Y una larga noche de julio, recogimos a Mahmoud en Barajas. Flaquito, flaquito, como decía la canción. Vestido con una escasa camiseta de floripondios naranjas, sus pantalones cortos y una pequeña bandolera con sus cosas. 
La habitación estaba preparada para recibirlo con un gran mapa del Sahara Occidental que él no ha llegado nunca a pisar. Fuimos a comprar ropa, le ofrecimos de todo, le hablamos..., pero el pequeño Mahmoud lloraba y lloraba. ¿le dábamos miedo? Tal vez. Pero al día siguiente o a los dos días, llegó la tía Reyes y, de repente, se acabó el llanto y empezó la sonrisa. Fue a buscar su bandolera y sacó los regalos: un collar (lo más llamativo) y unos llaveros. Lloraba porque no podía dar el regalo; cuando vio a una mujer, por fin le pudo entregar el preciado collar. Cosas de un peque y más de un peque musulmán. 
Con él y con muchos amigos pasamos muchos días de juego. Él, acostumbrado a la vida matriarcal, siempre rodeado de mujeres en el Sahara, estaba a gusto con niños más pequeños que él o con mujeres. Sus chicas: Dori, Úrsula, Nekane, Ana... Hasta hizo una lista de sus preferencias… 

Tenía carácter y a veces se enfadaba. Como a cualquiera que ha vivido sin dinero, era incapaz de establecer el valor de cambio de las cosas. Y, por supuesto, si había algo que lo volvía loco era el agua. Capaz de estar horas y horas dentro de una piscina, cuando descubrió el río Ara en Ascaso encontró su lugar en el mundo. Días enteros en el remanso del primer túnel, nadando, jugando y saltando desde el acantilado, hicieron que hoy la conozcamos como Poza Mahmoud. 
Decidimos que había que conocer a la familia y en diciembre nos plantamos con Ana Buenadicha en los campamentos de refugiados. Allí teníamos nuestra jaima con todo lo que fueron capaces de ofrecernos. Es verdad que no salimos de aquel campamento en toda una semana excepto una pequeña excursión a las dunas (acababa de haber un secuestro de cooperantes en Mauritania). Pero fue una experiencia importante en nuestra vida. Otro ritmo, otra dimensión espacial, una manera siempre cálida de acogerte, un té siempre preparado.
Al año siguiente volvió Mahmoud a casa. Esta vez con más confianza. Con mucha menos pluma de la que tenía el primer año. Encantado de pasar dos meses con nosotros y encantado de volver luego a su casa. Lo seguimos llamando de vez en cuando, preguntando por su vida, oyendo como se le pone voz de machote, deseando que crezca en paz y soñando que –antes que tarde- pasearemos con él por las amplias avenidas de El Aaiún liberado.

domingo, 19 de mayo de 2013

1982: Mi primera casa

El año que cumplí 18 tuvimos un verano divertido, con muchas tardes de aquellas en casa de mis padres, oyendo música, leyendo “La Calle” y aguantando las normas “razonables que yo ponía como “no fumar más de tres personas al mismo tiempo”. Pero ya se mascaba que yo necesitaba mi casa y que todos necesitábamos mi casa.
Abel había dicho que la buscábamos entre los dos, pero se vino atrás. Yo iba poco a poco mirando ofertas que pudieran ser asequibles a un chaval de 18 años que vivía de las clases en la Universidad Popular (pocas y mal pagadas) y de pegar carteles del ayuntamiento y poco más.
Un día me encontré un piso en el barrio de El Gorronal, sin calefacción y dando al norte, con vistas al patio de la chamarilería del barrio. Pero con luz y barato: 14.000 pesetas al mes. Era la ocasión. Con el mes de febrero del 82 entré allí. La mudanza fue particular, desde casa de mis padres hasta la nueva casa (no debía haber más de medio kilómetro). Una fila de amigos y amigas cada cual con las cosas más peregrinas en brazos: un brasero eléctrico, una mesa camilla desmontada, un tocadiscos con sus bafles y sus elepés, algunas cajas con ropa y libros, la caja de herramientas con la famosa blacandéquer y, sobre todo, muchos cojines que yo había ido haciendo en los últimos meses.
Luego llevamos algún mueble potente: un archivador de madera que yo me había hecho (y que acabó tiempo después en la casa de mi hermana en Vallecas), una silla de escuela. Mi hermano me trajo muchas cosas de cocina que le habían sobrado de desmontar el piso de Embajadores y una alumna de la UP me regaló un cama con somier, no sé si de su bisabuela o de su tatarabuela. Poco más.
En la fábrica de maderas conseguimos tablas de obra de las de encofrar con las que hice un fantástico sofá en forma de U en cuyo respaldo se enganchaban todos los jerseys porque estaba sin pulir. Y, una noche, con el “Patato” (hijo mayor de los dueños de la fábrica de patatas fritas La Montaña) y su furgoneta, nos llegamos hasta una casa vieja que tenía yo controlada. Se debía de haber incendiado hacía mucho tiempo y estaba abandonada. Entramos de noche y conseguimos rescatar muchas maderas viejas y tres muebles que yo restauré. Uno de ellos, la cómoda de caoba, todavía de acompaña.

En el cuarto del fondo de la casa nueva, con miles de tablas de la más diversa condición, logré dar forma a una gran estantería. Eso sí, con las protestas de mi vecina de abajo que no entendía por qué, justo encima del cuarto de matrimonio, yo usaba la sierra eléctrica y la taladradora a las horas más extrañas
Con la casa en marcha, en el 83, cuando acabó su mili, Luis decidió sumarse. Eso venía bien, porque había empezado a trabajar en una carpintería de Torrelodones, lo que aseguraba ingresos fijos. Luis, "el pitagorín" y yo, nos conocíamos del instituto. Él había entrado también en las Juventudes y teníamos muchas cosas en común: el gusto por la lectura, los viajes, la política, la historia y -algo nuevo por entonces- la ecología. Creo que fui yo quien empezó a sacarle de excursión por la Sierra. Me ayudó mucho tras mi naufragio sentimental con Abel, hasta que él mismo se convirtió en un nuevo naufragio mío.
Por la casa llegaron muchas gentes. De Villalba y de fuera. Cuando la gata de Andrés Valbuena y su novia Elena parió cinco gatitos, uno lo traje para casa, inaugurando la larga saga felina que me ha acompañado. A cada gatito le habían puesto un nombre en diminutivo que empezaba por J, como los sobrinos del pato Donald. El mío era Julito.

Por fin, cuando ya parecía territorio colonizado, decidimos inaugurar aquello. Vino mucha gente y empezó la música marchosa de cualquier inicio de guateque de la época. Llamó a la puerta alguien de la casa de al lado, nos pedían que guardáramos silencio. El vecino se acaba de morir y estaban allí velándolo. Así que entre los cojines, los porritos, el hablar bajo y la música relajada, la fiesta nos salió magníficamente chiláut. Si hubiera sido espabilado, habría patentado el estilo décadas antes de que lo hicieran en Ibiza.

viernes, 17 de mayo de 2013

2011: Saca el bronceador, hay Sol para rato

El otro día estuve en Sol. Celebrando el 2º aniversario del 15-M. Con sus luces y con sus sombras, ha sido el último revulsivo importante de lo que -deberíamos considerar- ámbito de la izquierda o del progreso. Al hilo del aniversario, he visto comentarios en internet firmados por algunos amigos de buena fe y de buen hacer con los que he mantenido alguna polémica. Me había puesto a escribir algo, pero he descubierto que, en aquellos momentos, ya lo escribí en mi blog sobre Coslada. Así que lo repito, porque me gusta su (mi) frescura en aquellos momentos.
(...)

No quería tocar el blog en estos días de campaña electoral. Pero una decisión de un juez (o grupo de jueces) de estos que se piensan que están por encima el bien y del mal, me obliga. Dice la junta electoral provincial que el ejercicio del derecho fundamental de manifestación (art. 21 de la Junta Electoral) puede influir en el voto de las personas. ¿Y para qué narices piensa el señor juez que es una campaña electoral? Para influir en el voto de las personas que, en el momento de presentarse ante la urna, como ya son mayorcitos, decidirán libremente. Si en la Puerta del Sol se grita que este sistema electoral no es bueno, la cúspide judicial del sistema se suma al grito demostrando que ni ella es ajena al desastre.

Aguirre (o sea, la derecha de siempre) cuenta que la gente de Sol es la izquierda de siempre. Chacón, después de 8 años de gobierno, descubre que las propuestas son realizables y posibles. Pero su manera de entender la política (las de ambas y sus partidos), sus imputados, sus parabienes a la banca y los mercados, su lejanía de los ciudadanos; están ahí.

Cuando yo tenía 18 años, cantábamos una canción de Labordeta que decía más o menos “también será posible, que esa hermosa mañana, ni tú ni yo ni el otro, la lleguemos a ver; pero habrá que forzarla para que pueda ser”. En Sol, estos días se grita que “ya ha empezado la revolución”. Una revolución simple y democrática que es muy fácil entender: que la economía esté a servicio de los ciudadanos y no al revés, que los políticos cumplan con sus promesas, que la ley electoral sirva para que nos sintamos bien representados y no excluidos, que la desigualdad social se reduzca y con los grandes beneficios empresariales se den menos bonos a ejecutivos y se creen más puestos de trabajo. ¿Es tan difícil entenderlo?

Quienes quieren evitar que esta sociedad (harta e indignada) se identifique con la gente de Sol, rápidamente colgaron el cartel de antisistema. Nunca he visto algo más integrado en el sistema: quince, veinte mil hijos formados en nuestras mejores universidades, pidiendo dignidad en el centro de la plaza; y sus padres por fuera, llevándoles bocadillos, nerviosos por lo que suceda, pero orgullosos de que el más pequeño/la más pequeña de la familia esté ahí dentro pidiendo simplemente que esta democracia funcione mejor. La pancarta más aplaudida ayer decía: “No somos antisistema, el sistema es anti-nosotros. Ya no saben qué inventar para prohibirnos”.

Así que he decidido volver a la campaña, como dice la junta electoral. Para influir en el voto de la gente. Para influir en el futuro de este país. Y hoy, el futuro de este país está en la Puerta del Sol. 

(...)

¿Ha crecido el 15M? ¿ha madurado? ¿ha menguado la participación? No son preguntas consistentes ni fundamentales. La importante es "¿Ha cambiado de actitud la derrotada izquierda española?

Como bien dice el programa (software) del gran ideólogo de nuestra época "El sistema ha fallado. Reinicia"

jueves, 16 de mayo de 2013

1989: En el laberinto.

La única manera de salir del círculo vicioso de un partido es encontrar trabajo fuera de él. O que te toque la lotería, pero a Fabra le toca todos los años y ahí sigue. Por eso busqué trabajo. Yo a esas alturas era alguien conocido en el tema de la dinamización juvenil, tenía un currículum impresionante de cursos y encuentros, había participado en un estudio sobre el asociacionismo juvenil y tenía fuerza para presentarme a unas oposiciones. Cuando salieron las de Coordinador de Juventud en Coslada hablé con mi madre, le dije que me retiraba tres meses de todo, que si me podía ayudar. 

Me fui hasta Coslada en tren para hacer la inscripción y pagar los derechos de matrícula. Que resultó que habían subido. Ni llevaba dinero ni seguramente lo tenía. Así que tuve que pedir. Me encontré con Julio Setién, viejo conocido y luego alcalde de San Fernando, que me prestó 100 pesetas. El caso es que tuve que volver andando hasta Madrid. Fue entonces cuando descubrí el camino del cerro de la Mesa que ahora tanto uso en bici. 

Éramos 80, cifra insignificante para lo que podría ser una oposición de hoy, pero muy alta para entonces para una plaza tan especializada. La primera prueba, un 12 de enero, fue algo larguísimo que casi no conseguí acabar en dos horas. Mi hermana me había regalado hacía tiempo una pluma estilográfica y decidí usarla, fino que es uno. Como era de hierro (la pluma), tras dos horas escribiendo sin parar, me salió una ampollita. No os lo creeréis, pero aún sigo teniendo el callo en el dedo corazón de la derecha. 

El caso es que pasamos el corte 12 o 14 para la segunda prueba. Era una entrevista con el tribunal. Había dos técnicos de la Comunidad y un montón de políticos locales. Con los técnicos tuve solvencia, uno de ellos me conocía, era el director de la Escuela Oficial de Animación (yo había sido director de la primera escuela de Animación de Jóvenes en Libertad). Sabía que el examen me había salido bien, aunque una de las cosas que preguntaron era la prevención de las drogodependencias, en lo que yo no era muy ducho. Tras la entrevista, el día 17 salieron las notas. Yo tenía un 9,5 de media. El siguiente un 6,5. Todavía debe estar el examen por el archivo municipal. Dos días después, me incorporé a mi puesto. 

Tenía un equipo pequeño de gente, buenos profesionales, pero a los que no les debió hacer mucha gracia que entrara un jefe nuevo. Y yo me puse rápidamente a trabajar. En esas fechas preparaban la campaña de semana santa, pero a mí me interesaba darle forma al verano, que iba a ser cunado yo marcara estilo (simplemente el hecho de programar con más de tres meses vista, ya marcaba estilo). 
Yo quería no sólo sacar a los cosladeños fuera. Sino, sobre todo, traer a gente de fuera aquí. Y la idea más clara que tenía, eran los campos de trabajo. Yo había coordinado uno para el Instituto de la Juventud, conocía alguna experiencia europea y, sobre todo, había vivido los de Aineto. Un campo de trabajo no sólo es un tiempo en que la gente hace cosas para la comunidad, también significa intercambio y aire fresco para quienes lo reciben. Se me ocurrió darle un formato particular: que los chavales de las asociaciones de Coslada vivieran también con ellos y así todos participaban en sus actividades. El cartel tipo aifon, aunque con dibujos "prestados", también es mío

Llegamos por los pelos a presentar la solicitud en la Comunidad y, en cualquier caso, aquellas subvenciones eran (como tantas otras) “pescao vendío”. Como había estado trabajando con unos ingenieros forestales el proyecto, no me desanimé y decidimos tirar para delante nosotros solos. Con un cartel, mandando informaciones a todos los centros de juventud y con un proyecto de parque infantil en El Cerro, que por entonces estaba recién repoblado y escaso de servicios. Cuando iba a hablar con los de Parques y Jardines, el imaginarse gente voluntaria haciendo cosas para la comunidad les ponía los pelos como escarpias. Primero, porque no concebían que la gente pudiera trabajar gratis. Y luego, porque sólo faltaba que vinieran a quitarles el puesto… 
Y llegó julio y con ellos, los primeros voluntarios. Los alojamos en un cole cercano y todas las mañanas, a las 9, bajo el sol meseteño, se subían al tajo. Tiempo en el que las vacaciones del personal municipal debían haber llegado, porque todo fueron impedimentos para llevarnos material y facilitar el trabajo. 

El proyecto incluía juegos de madera, juegos con grandes ruedas que nos cedió la Michelín, llevar el agua hasta arriba, poner una fuente y, como centro de todo, un laberinto vegetal. Como el del Tibidabo de Barcelona. Como el de El Capricho de Barajas. Como el de las pelis de El Gordo y El Flaco. Y ya me explicaron por qué no colaboraban: un espacio que sirve para esconderse acaba conduciendo a la suciedad y al pecado… Como si el resto del Cerro no fuera ya, en sí mismo, un escondite enorme todas las noches. 
Así que el día que llegaron las plantas (arizónicas y lauros), no había llegado el plano del laberinto. Ya ves tú lo que cuesta hacerlo. Pues no se iban a morir allí las plantas. Agarré la azada y ciñiéndome al terreno, dibujé la retícula. Jugamos un rato entre todos para ver si funcionaban las líneas en el suelo y como nos moló, empezamos a cavar. 

Con los años, los juegos se fueron estropeando y se fueron sustituyendo poco a poco por nuevos con sus elementos de seguridad. Pero la canalización del agua allí sigue, en la única fuente en medio de ese parque forestal, con la forma que le dieron los chavales del campo que la construyeron, aunque ya -casi 25 años más tarde-, sin el mosaico de azulejos que la decoraban. Pero el que sigue allí, con mi diseño, aunque tenga ya grietas en el recorrido de algunas plantas que no sobrevivieron, es el laberinto. Recortado y podado cada año para que no pase nada dentro, pero allí siguen entrando los niños a jugar y a esconderse. 
Cada vez que un BICIencuentro pasa por la zona, paramos en mi fuente a beber agua y les pregunto a los peques qué es lo del fondo “¡El laberinto!!” gritas e incluso corren hacia allá para meterse. Y me llena de orgullo saber que, incluso desde el cielo, se ve mi pequeñito trozo de ciudad.

miércoles, 15 de mayo de 2013

1972: Los reyes del scalextric

Mi vecino Felicianito tenía, aparte de 14 años más que yo, un ibertrén. Era un tío paciente y cuidadoso que lo manejaba a la perfección. Molaba. Había más gente en Villalba con trenes en miniatura: Don José Bru y los del restaurante Monte Cervino, que ya sólo por el nombre, todo lo que hicieran me sonaba bien. Así que con 8 añitos decidí pedir a los reyes un Ibertrén. 

Y sé que eran 8 añitos porque mi hermano ya tenía carné de conducir. Y unas ganas locas de tener un Scalextric: eso que pones dos coches a echar carreras para llegar antes a no se sabe dónde. Pues que se lo pidiera él; que yo quería un ibertrén. Y luego, hacerle una maqueta con montañas, estaciones y vaquitas como las que ponían en navidad en la estación de Recoletos. 
Pero no. Parece ser que el que me tenía que pedir el scalextric era yo. Que lo de los trenes era no se qué de introvertido y solitario y yo necesitaba socializar. Y nada mejor para eso que el scalextric. Recuerdo aquellos días con una presión feroz. Más o menos similar a la que hubo para colocar mi armario-secreter en medio de la habitación y eso que lo había pagado yo con los dineritos de mi comunión. Por la tarde estuvimos en la casa de Embajadores. Y erre que erre, que hay que ser tonto para pedirse un ibertrén. Que lo que molan son los coches. Y yo dije que vale, que sí, que cambiaba la carta. 

Así que nos fuimos para Villalba a montar el estaribel de la llegada de los Reyes. Una especie de altar particular con unas copitas de sidra “El Gaitero”, las botas y la cajita con el dinero. “¿Cajita con el dinero?” se preguntará el lector. “¿Cajita con el dinero?” me pregunté yo años más tarde. Pues sí, cuando llegaban los meses con R, mi padre buscaba una caja mona de cartón (de bombones o parecida) y ahí iba echando yo mis ahorros. De la paga de los domingos, de lo que me diera algún tío, de las sobras de las compras… Vamos, que llegaban los reyes y yo les dejaba mis 200-300 pesetas. 
Y llegaron. Por supuesto, con el maldito scalextric. Mi hermano lo había comprado en El Corte Inglés esa misma noche y lo había llevado él a Villalba (por eso sé que ya conducía). Cuando me levanté, me puse a probarlo y bueno, para un rato, no estaba mal. Las noches siguientes entendí yo lo de la socialización: mi hermano quedaba con sus colegas para echar carreritas al scalexctric. Yo, a veces quedaba con algún amigo. O juntábamos pistas con otro para hacer circuitos más grandes. Pero lo que más me molaba de todo era desmontar los coches, recomponerles la mecánica, cambiarles las escobillas y –come se dice ahora- tunearlos a mi gusto. Me encantaba por dos razones. La primera, porque es mucho más divertido destripar coches que echar estúpidas carreras con ellos, en especial si estás tú solo y llevas un mando en cada mano. Y la segunda, por el placer de responder a la pregunta “¿dónde has metido los bólidos?, que vamos a jugar un rato” con un, “uy, pues están los dos en reparación”. 

Para las tardes de invierno, aquello podía pasar. Pero en cuanto llegó el verano, decidimos hacer nuestro propio scalextric en el chalet de Jesús Manso. Por la parte de atrás había espacio de sobra y mucha arena. Hacíamos unos circuitos de chapas que te pasas. Y además eran mucho más divertidas, que les podías dar fuerza, efecto y estilo, no como a los tontos coches eléctricos. Llegamos a hacer un trofeo; (bueno, como siempre, lo hice yo), se llamaba “Pista Nova” y era superchulo. La peana era una tapa del nescafé y el resto no me acuerdo. Eso sí, seguro que no lo gané yo, que siempre fui un poco desastre para las competiciones. 

Al año siguiente yo ya sabía que los reyes eran los padres. Y logré averiguar dónde tenía mi madre metido el juego de magia, para garantizar que nadie hiciera ningún cambio. Pero lo más llamativo del descubrimiento no fue la personalidad de sus majestades, sino que ningún niño de mi entorno dejaba dinero a los reyes. Estaba alucinado. Así que cuando hubo oportunidad, le pregunté a mi Madre el porqué de esos pagos. Y mi madre sacó la libreta de la Caja Postal (con la garantía del estado), aquella con el águila grandota y la peseta que me dio la patria por nacer y me enseñó los apuntes de cada 7 de enero: Cada año había ido guardando  el dinero en la cartilla. Y soltó la frase de rigor: “Por si te faltamos cuando vayas al servicio”. No es que mi madre me limpiara el culo cuando iba a cagar, no; el “servicio” era el militar, la puta mili. Y yo, un resbalón que nació cuando mi madre tenía 45 años. Por eso siempre su sufrimiento de “si algún día te  faltamos”. 
Como mi madre era hermana gemela, un día yo lo terminé de arreglar: “No me preocupa que te mueras, mamá; me quedo con la tía Victoria, que es igual”. Por buena suerte, cuando fui al “servicio” allí estaban mis padres para apoyarme vivitos y coleando. Lo que seguro que ya no estaba era el scalextric. Lo había vendido cuando me fui de casa para comprar algo útil.

martes, 14 de mayo de 2013

1977: El año en que entré en la U.J.C.E.

Me afilié a la Unión de Juventudes Comunistas de España con 13 años. En la primera campaña electoral democrática, a punto de cumplir 14. Era una organización juvenil política, sí; pero sobre todo, una escuelita de formación. Digo escuelita porque es la palabreja por la que me peleé con Mónica unos cuántos años más tarde para definir aquello en lo que yo quería convertir la Unión.
De los primeros tiempos me acuerdo de algunas cosas. De vender el Mundo Obrero a la salida de la escuela el día que acabamos la E.G.B. De mi primer cartel en una esquina de Cercedilla para la fiesta del PCE de aquel año. De ir y venir a reuniones a Madrid. De intentar montar aquello en la Sierra y tener siempre dos de arena y una de cal. A partir del 1er Congreso, que creo recordar que fue en el 78, en el San Juan Evangelista, la UJCE intentó ser siempre un laboratorio avanzado en la renovación del PCE. El grito revolucionario aquella vez fue "Viva la vida alegre y divertida"; prometíamos... Y eso que siempre estábamos de crisis por culpa de los excesivamente avanzados. En cualquier caso, cuado dejó de ser un experimento de futuro para convertirse en una burda recreación pictórica de la añoranza y el pasado, me dejó de interesar.
En Villalba conseguimos un buen local para el PCE, con una habitación para la sección juvenil. La antigua casa de Daniel el frutero, donde pasé tantas tardes, tantas reuniones e hicimos tantas fiestas y planes de futuro. Fuimos formando una biblioteca que nadie leía (me acuerdo de aquellos fascículos de Marta Hranecker). Para decorar la cabecera del local, Genovés nos hizo un diseño que pintamos entre varios. Imagino que con el tiempo habrá desaparecido aquel buen ejemplo de mural del que tanto aprendí.
Hasta que me fui a vivir a Madid, fui Miguel-Región. Eran los años en que se desarrollaba la Constitución y era yo, desde Villalba, quien más caña pegaba en Madrid para entender la organización más allá de la M-30, ese territorio que la mayoría de los madrileños parece desconocer u obviar que existe. Eran años de peleas intestinas. Los de Madrid contra el resto del mundo. Por aquellas conocí a Ana Pérez y a otras gentes que ya les he perdido el contacto. Por aquellas, en alguna reunión me enteré de que existían los gays y de que serlo podía ser revolucionario. En su afán por atraernos a su corriente, el gran Palau recordó a los madrileños que no sólo había que acordarse de los jóvenes del asfalto, también de los de la alfalfa. A partir de ahí me quité de ser pueblerino, joder, ¡qué vergüenza! 
En Villalba habían quedado todas las movilizaciones en defensa de la Constitución, una mínima organización comarcal, muchos actos, algún mitin mío como “joven del cartel” y un cierto reconocimiento entre las gentes del instituto, gentes que como Luis Alonso o las mellizas entraron a formar parte de las Juventudes. Y una frase de Gamsci que he repetido muchas muchas veces en mi vida: "Las ideas no viven si organización"
Madrid ya era distinto. Yo viví en Vallecas y allí el colectivo era potente. Mi vida transcurría entre la sede vallecana y la regional, en la Calle Campomanes. De aquella época recuerdo La Novosti de P’aquí (un fancine de diseño que escribía y enmaquetaba yo todos los meses), los murales pintados en las calles, el festival de la Juventud de Annaba, las exposición de los 50 años de la JSU, mis buenos ratos con Javi y sus hermanos, Bruno, Maya, Olga o Esther, y la gran movida estudiantil. Pero, sobre todo, el salto cualitativo en la militancia lo di en 1985 cuando, como ya habéis leído en el capítulo de ASDECOC, me fui a Andalucía a hacer la mili.
En Córdoba, además formé parte de la JCA y fui para arriba y para abajo a los actos que mi tiempo de cuartel me dejaba. Me acuerdo que, cuando regresé de la mili, en febrero del 86, me estaban esperando en Atocha con la furgoneta de la JCM para la campaña del referéndum de la OTAN. Curramos como bestias y lo hicimos con una alegría desbocada. Felipe nos ganó y el peso de aquella derrota fue difícil de levantar. Entré en Jóvenes en Libertad como director de la Escuela de Animación. Desde allí empezamos a movernos en todo lo que era educación en el tiempo libre. Meses más tarde detuvieron a la gente de la clínica Dator por abortos ilegales, la izquierda todavía era incapaz de articular respuestas. Nos declaramos en huelga de hambre. Montamos un cristo importante y llegamos a salir al domingo siguiente, en la portada de El País.
Imagino que por eso y por otras cosillas así, Jesús Montero me ofreció entrar en la ejecutiva federal. En enero del 88, en el congreso de Alcalá, salí responsable de Información y Formación de toda la federación. Hice muchas cosas pero, como siempre, me olvidé de hacer clientela política. Y eso, en las estructuras tradicionales no te ofrece futuro alguno. Sacamos "El Manifiesto", lo reformamos; hicimos escuelas de formación –la mayor, la de verano de Granada-. Viajé por toda España, fui creando el proyecto de UJCE en que yo creía y hubo mucha gente que compartió conmigo esperanzas y proyectos. Alguien muy torpe decidió que aquello era la corriente corderista y empezó a crear unas malas condiciones de trabajo en el equipo. Tras un ataque estúpido por una buena gestión en El Manifiesto, decidí que yo allí sobraba y dimití. 
La gente con la que estábamos formando TIEMPOS LIBRES me apoyó a fondo. Lo mismo las federaciones catalana, valenciana y canaria. Me quedé en el federal por ellos. Al año siguiente, cuando algunos miembros de la ejecutiva decidieron el desfalco a las cuentas de TT.LL. (que ya os contaré en su momento), di por terminados 17 años de militancia.
Alguien me invitó hace poco a celebrar los 25 años de todo aquello. Me resultó imposible ir a una fiesta en la que me iba a cruzar con gente con responsabilidades muy graves en todo aquello. Así que dejé pasar la oportunidad.

lunes, 13 de mayo de 2013

2001: La gran travesía americana

(…) Estaba a medio camino atravesando América, en la línea divisoria entre el Este de mi juventud y el Oeste de mi futuro, y quizá por eso sucedía aquello allí y entonces, aquel extraño atardecer rojo (…) Jack Kerouac. "En el camino". 
Yo nunca había sido hippie. Y mucho menos beat. Pero había cosas que me mataban de envidia. Y algunas otras que admiraba. En “El camino” nada en concreto de mata de envidia ni nada en concreto es admirable. Pero es una novela cuyo rastro hay que seguir alguna vez en la vida. Ya sé que aquí tenemos el Camino de Santiago. Pero tiene demasiadas respuestas. Los caminos de Kerouac, en cambio, estaban eran llenos de preguntas. 
Logré averiguar que aún existía la agencia que aparece en la novela. Coches de yuppies que se cambian de costa y son incapaces de conducir tanto tiempo. Ellos van en avión y te dejan el vehículo en la agencia; es gratis, te pagan el primer depósito de gasolina y el seguro. Eso sí tienes que llegar en 15 días. 

Yo no quería hacer la ruta 66, demasiado mitificada. Primero quería subir a los grandes lagos y luego, desde Chicago, subir por las Dakotas a Yellowstone y las reservas indias. Y acabar en Seattle, a ver a mi amigo Deron. Como siempre, pasé más días diseñando el itinerario que haciéndolo. No me gusta que las cosas de un viaje se improvisen. Ya dije que nunca fui hippie…
La idea era buscar compañía, otra pareja, a ser posible con conocimientos de ingles, que mi ex y yo no los teníamos. Se lo fuimos proponiendo a amigos pero era una aventura demasiado larga o demasiado cara. Cuando parecía que nos íbamos solos, de repente, en la misma noche, aparecieron dos parejas que querían ir. Así que por compromiso, o por comodidad, decidimos ir 6. Había que alquilar, difícilmente encontraríamos un coche para tantos.  

Fuimos a Nueva York. En dos tandas. La primera Teresa y Pilar, que iban a casa de su amigo David. La segunda los que no teníamos casa en la gran manzana, Patty, JoseAn, Javi y yo. No me olvidé de nada. Ah, sí; del teléfono y la dirección de David. Sin ella, ¿cómo quedar con las chicas? Me pasé todo el vuelo juntando letras hasta lograr recomponer memorísticamente el apellido del tal David: Ruhland. Por suerte en la guía telefónica de todo Nueva York no había nadie con ese apellido cuyo nombre empezara por D. Quedamos al día siguiente. 
Yo me había sacado una tarjeta de crédito de esas de ofertas roñosas: un 5% de descuento en alquileres de coches en España y un 10% en Europa. Y, en letra pequeña, un 50% en USA. Como éramos 6, la idea del coche cedido se desvaneció y tuvimos que alquilar una furgoneta. La Voyager era cojonuda y nos salió baratísima (incluido dejarla a 2.200 km. de donde la recogíamos). Salimos hacia el lejano oeste. 

Subimos por el Hudson hacia las cataratas. Y de allí, por Canadá y los grandes lagos hasta Detroit. En una de esas nos pusieron una multa por violar leyes, o sea, pasar de 50 por hora. De nuevo en los Estados Unidos rodeamos el Michigan por el sur para llegar a Chicago, fantástica e imprescindible. Por la noche, al volver al hotel, nos pasó algo parecido a lo de la Hoguera de las Vanidades. Pisamos al menos tres estados hasta lograr encontrarnos. 
Más allá de Chicago todo es oeste. La casa de Laura Ingells, los cafés sin sabor, el Mississipi, los sombreros y las botas de cowboy, los puentes de Madison, las casas de John Wayne y de Francisca, los todoterrenos descomunales… Llegamos a las Dakotas para ver el Monte Rushmore silbando “La muerte tenía un precio”. Estuvimos en la torre del Diablo, el escenario de los Encuentros en la Tercera Fase. Dormimos en moteles baratos, discutimos hasta lo imposible, fumamos, bebimos y atravesamos, por fin el Misouri. 

Llegamos a Yellowstone el único día del año que no cobraban entrada y vimos geiseres, animales y cascadas maravillosas pero no a Yogui. Recorrimos la presa que salva Superman, estuvimos en Little Big Horn y en Wounded Knee (qué decepción). Y desde allí, por el pueblo de Buffalo Bill (en cuya casa desayunamos) nos adentramos en las Rocosas, para llegar a Seattle. 
Estuvo bien mi ciudad preferida del Pacífico (creo que no conozco otra). Fuimos a ver ballenas que nunca aparecieron en islas que, insospechablemente, habían sido españolas. Desayunamos en el bar de los REM, paseamos con Deron, oímos música en directo y nos hicimos una foto con Vlady, el Lenin abatido al otro lado de Bering, traído hasta aquí por los bohemios de Fremont. 

Fueron días intensos, cansados, algunos de 600 km metidos en la Voyager. En pleno verano pero con un frío que pelaba. Mereció la pena. Y como todo, se acabó. Volvimos en avión a New York, recorrimos dos o tres restaurantes de Woody Allen, correteamos por Central Park, nos subimos a un rascacielos, compramos recuerdos y volvimos para casa. Dejamos a Nueva York magnífica y ensoñadora, como es ella. 
A los pocos días estaba durmiendo la siesta cuando me llamó mi amigo Andrés. “¿Estás ahí, en Coslada?” “Claro Andrés, me estás llamando a la casa de Coslada, dónde quieres que esté?” “¿No estás viendo la tele?!!” La enchufé horrorizado cuando caía la segunda torre. Fui al cesto del papel reciclado a rebuscar. Y me encontré las dos entradas de la subida a las torres gemelas exactamente 7 días antes. Aún están ahí en el salón, enmarcadas.

Los yankees de la Norteamérica profunda son gente ingenua, mitad desastre mitad Betty Boop, pero en general agradables y receptivos. Es verdad que sus gobernantes nos han hecho muchas putadas. Pero es un país grande y un gran país.